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En diciembre de 2017 se cumplieron 13 años desde cuando las balas criminales coartaron la alegría del técnico revelación del fútbol colombiano y con ella se pulverizó la esperanza de mucho joven talento del balompié que veían en el ‘profe’ Montoya, un mentor en las canchas colombianas; hoy, su gran equipo y soporte incondicional, su familia, lo tiene en el mejor terreno de juego: su casa.

Colombia es un país de emociones y sentimientos mediáticos que afloran con el dolor y la causa del momento: se recuerdan promesas de toda índole que desde diferentes flancos sociales se hacían para acompañar a Luis Fernando Montoya y su familia y, como cualquier campaña política, nunca se cumplieron; ríos de tinta en los periódicos, cámaras de los noticieros y micrófonos de la radio marcaron desmedidas audiencias con frases de cajón y solidaridad ficticia a un equipo sumergido por el dolor del momento: los Montoya Herrera.

La familia base de la sociedad y Adriana, su esposa, columna vertebral de la suya, con su perseverancia y constancia, le ha ayudado a decantar ese cúmulo de situaciones adversas sin desmarcarse un solo minuto de ese duro partido por la vida.

«Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos«, es una frase de la novela rayuela de Julio Cortázar escrita como presagio para el encuentro entre Luis Fernando y Adriana. Con alegría en sus ojos y una tímida sonrisa el ´profe`no olvida el recuerdo del instante cuando se acercó a la oficina bancaria donde trabajaba Adriana, y poco después de resolver la diligencia que lo llevó a la sede, remató diciéndole fijamente a los ojos: ahora, solo me interesa la cuenta de tu corazón. Fue el inicio de una bella relación seis meses después llevada a matrimonio cuyo fruto dejó otro gladiador: José Fernando Montoya Herrera, hoy de 15 años.

Es su familia, la que lo mantiene incólume de cualquier dolor en el alma para llevar con for fortaleza las titánicas jornadas de terapias en su recuperación y seguir aportando a la sociedad un cúmulo de sabiduría que las balas de los criminales quisieron apagar pero no lo pudieron lograr.

Ante la pregunta de qué tan lejos creía llegar con el equipo de Manizales a instancias finales del certamen, con risa inocente responde: ninguna.

Las buenas situaciones dejan amigos, las malas no tanto, y eso sucede con el técnico Luis Fernando Montoya: esa sensación que los amigos se alejan, los periodistas lo olvidan y la dirigencia deportiva se aparta es una realidad; el distanciamiento de los medios lo evidencian y es el termómetro para marcar que hay momentos de mucha indiferencia de parte de la familia del fútbol para la persona que lo entregó todo por la causa.

En la sala de su apartamento hace memoria y, poco después de la segunda fisioterapia del día, recuerda esas pocas visitas agradables, que casi contadas con los dedos de la mano, llegan a brindarle una voz de apoyo como las de Francisco Maturana, Santiago Escobar, Hernán Torre, extécnico del América de Cali y Jorge Luis Bernal, extimonel de Alianza Petrolera, imprimiéndole palabras de aliento para seguir adelante en la recuperación del alma y cuerpo con inagotable esfuerzo.

Foto: Tatiana Díaz

Otras no menos importantes como Arturo Boyacá y Alfonso Sossa y los perioditas deportivos Javier Hernández Bonnet y Jorge Eliécer Campuzano con quienes sigue hablando de fútbol y de la vida.

Cae la tarde en Medellín y al momento que la sombra del sol se cierra en su casa se abre el recuerdo de esa gesta de 2004 cuando ganó la Copa Libertadores con el Once Caldas. Ante la pregunta de qué tan lejos creía llegar con el equipo de Manizales a instancias finales del certamen, con risa inocente responde: ninguna; al mismo instante piensa que estaba muy tranquilo y que pese a ciertas críticas de la prensa deportiva por su juego defensivo sabía que habían hecho las cosas bien y que habían llegado muy lejos sacando del anonimato a un equipo desconocido en Suramérica al que le entregó mucho y que en reciprocidad lo olvidó bastante, ya que después del accidente las directivas del equipo albo le prometieron un partido benéfico que hoy, 13 años después, no se ha jugado. Salvo pocas llamadas telefónicas de los jugadores Juan Carlos Henao, Samuel Vanegas y Jefrrey Díaz, el Once Caldas de Manizales es tan solo un recuerdo.

Sigue de cerca el fútbol del mundo, todos los días ve partidos de todas las ligas y hace sus propios análisis.

Durante la conversación hay momentos que su rostro cambia y muestra signos de alegría y satisfacción especialmente cuando recuerda las jornadas de domingo rumbo al estadio a dirigir el equipo y sentir toda la adrenalina que le hizo disfrutar esa pasión: «No lo puedo olvidar nunca, siempre lo recuerdo«, puntualiza el técnico antioqueño. Algo similar vive por estos días con la emoción de dirigir a niños en el torneo pony fútbol en Medellín.

Admira profundamente a Falcao García y dice que después de haber superado esa grave lesión el `Tigre´ está para grandes cosas. Confiaba en que la selección clasificaría al Mundial de Rusia y destaca que las individualidades de los jugadores llevarán a Colombia a cumplir un buen papel en la cita ecuménica de 2018.

Nada es fácil. Como todo un guerrero, piensa en tener bien a su familia, «debo rebuscarla y responder por esta casa» fijando su mirada hacia Adriana. Como si fuera poco el abandono por parte del fútbol y dados los modelos de contratación que ha tenido el fútbol colombiano, Luis Fernando Montoya no cuenta con una pensión. Sin estar en una cancha el sustento lo deriva de actividades ligadas al fútbol: en primer lugar tiene una columna semanal en el periódico El Espectador, medio que lo ha mantenido por buen tiempo entre su nómina; como segunda actividad, la Personería de Bogotá, le abrió un espacio para llegar a los colegios distritales de la capital para dinamizar charlas con los jóvenes sobre drogadicción y el respeto por el otro; en Medellín atiende dos frentes: con el Sena hace formación con jóvenes vulnerables de Manrique que quieren ser directores técnicos y con el Inder Antioquia trabaja un tema de socialización y buen comportamiento entre barras para evitar desmanes que alejen a los aficionados de los estadios como lo ha hecho el propio Montoya, quien no va al estadio desde hace tres años por estos inexplicables acontecimientos.

Con todo y esto el`profe´ Montoya envía un mensaje para que se respete la vida, se dignifique al hombre, se incentive la educación y se fortalezca la familia.

Su mundo gira entorno a sus dos tesoros más preciados: Adriana Herrera, quien aplicando la promesa del sacramento del matrimonio de estar en las buenas y en las malas, le ha demostrado al mundo cómo se mantiene a flote un hogar pese a los problemas, y con su hijo José Fernando a quien desea ver triunfar por las carreteras del mundo desde el ciclismo, disciplina que practica con mucho éxito, y de la que Luis Fernando Montoya, el guerrero pacífico, quiere disfrutarse con triunfos como los suyos.

Con todo este avatar de acontecimientos de los últimos 13 años son Adriana y José Fernando, su mejor medicina.

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