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Colombia no olvida las mil y una batallas que emprendió la señora Emperatriz de Guevara para que los indolentes le devolvieran el cuerpo de su hijo y ofrecerle una cristiana sepultura; viajó de un lado a otro en busca de respuestas terrenales y divinas ya que nunca comprendió por qué la vida le arrebató la oportunidad de disfrutar a su hijo en el momento cumbre de sus logros personales y profesionales: Julián Ernesto Guevara, capitán de la Policía Nacional, partió en el año de 1998 a cumplir con sus obligaciones y volvió en 2007, en un ataúd.

La vida no ha sido fácil para Emperatriz de Guevara: desde muy pequeña sufrió los avatares de la guerra por cuenta de la violencia del siglo pasado. De su natal Sasaima tuvo que salir, junto con sus padres y dos hermanas, para conservar su vida. Recorrieron pueblos de Cundinamarca pasando por Ubaté hasta llegar a Facatativá para lograr la tranquilidad que les querían quitar.

“disfruto recibir los niños en el jardín, son mi bálsamo en los momentos difíciles y, lo más gratificante, es cuando me saludan y, con amor, me dicen: buenos días abuelita”

No obstante que la vida la sorprendió con acontecimientos no tan gratos en su infancia, muy joven formó un hogar de cuya unión quedaron nueve hijos. Poco tiempo pasó y una nueva prueba le puso el destino: quedó viuda en el año de 1955. Su temple y coraza de hierro le permitieron sacar sus hijos adelante para servirle a una sociedad que años después le arrebató una parte de su corazón: su hijo Julián Ernesto, secuestrado por las Farc, en noviembre de 1998 durante la toma a Mitú.

Foto: Leonel Cordero

CAMINO DE SOMBRAS

Pasaron años de sufrimiento, esperando pruebas de supervivencia y, con ellas, la tan anhelada noticia de su pronta liberación. La última carta llegó 28 de enero de 2006 con una inesperada noticia: la muerte de capitán Julián Ernesto Guevara.

A pesar de que las heridas del alma marcaron una huella indeleble en su vida, su nobleza y carisma la mantienen de pie y con ganas de vivir con la fe intacta, “Dios ha sido muy generoso conmigo, nunca me desprotege”, afirma en la sala de su casa junto al retrato de su hijo.El calvario continuó. La intransigencia del grupo armado no tuvo límites: promesas, cambios de fecha e intentos fallidos jugaban con el dolor de una madre afligida que esperaba a su hijo en un ataúd para darle cristiana sepultura. El momento llegó y, el 3 de junio de 2006, en medio de lágrimas y dolor y, en compañía de Ana María, hija de Julián, recibió el regalo que Dios le ofreció y que la patria le quitó: el cuerpo sin vida de Julián Ernesto.

Hoy son muchos los momentos que, recuerda, le han ayudado a superar esos momento de crisis; todos los días llega muy en la mañana a recibir los niños a Pylosos el jardín infantil de su hija ubicado en el occidente de Bogotá y como cualquier abuelita dedicada los recibe con amor, los consiente todo el día, hasta el final de la tarde que sus papás llegan por ellos, “disfruto recibir los niños en el jardín, son mi bálsamo en los momentos difíciles y, lo más gratificante, es cuando me saludan y, con amor, me dicen: buenos días abuelita”, puntuliza.

Recuerda que días después de la partida de Julián Ernesto, la depresión era constante y cuando sus mejillas humedecían por el desborde de sus lágrimas, los pequeños lloraban junto a ella acompañando su corazón, rodeada de esas almas inocentes que nunca supieron qué pasó y que con desbordado consuelo, preguntaban: “¿Abuelita estás bien?”.

Disfruta cada momento la compañía de Matte su peludo gato y la de sus nietos Andrés y Ana María, hija de Julián, quien después de sus clases de decoración de interiores llega a su hogar a estar pendiente de su abuelita; cada sábado, sus hijos, la invitan a almorzar en sus casas para tenerla cerca y compartir con ella un día inolvidable.

A pesar que los médicos le recomendaron a su familia y allegados no recordar el capítulo de la guerra absurda, la señora Emperatriz goza de buena salud, “Dios me ha permitido vivir estos años sin enfermedades, solo las del corazón”, señala.

No solo los pequeños del jardín y su familia son los grandes aliados en esta etapa de su vida; lo es la naturaleza. Cuando tiene oportunidad disfruta los regalos de ella en la finca de una de sus hijas en las afueras de Bogotá, “me encanta el campo, ir al río, ver salir el sol y admirar el atardecer y sobre todo compartir con la gente buena del pueblo”.

No obstante que la vida le ha puesto pruebas difíciles, su rostro delinea sabiduría, carisma y ternura. Agradecida con la Policía Nacional por las múltiples manifestaciones de afecto terrenales, nunca olvidará el premio espiritual, cuando le permitieron saludar cara a cara al papa Francisco en su reciente visita a Colombia, “fue un momento maravilloso tener cerca al santo padre y fijar su mirada para que nos transmitiera esa paz interior que Colombia necesita”, describe con tono de alegría.

Es una mujer valiente que hoy disfruta cosas que el pasado le negó, producto de una guerra absurda e indolente que dejó miles de viudas, cientos de huérfanos y la aflicción de su ser.

Todo en la vida tiene un nombre pero perder un hijo, el dolor es tan inmenso, que aún no le han encontrado significado y la señora Emperatriz lo entendió así.

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